El convencimiento íntimo, verdadero de que se domina el arma que se esgrime; proporciona aplomo, seguridad y osadía.
 Condiciones indispensables para el tirador, que si a de considerarse tal, no puede prescindir de ninguna.
 Aplomo lo da la posicion;seguridad en los golpes la destreza adquirida; osadía el valor y la confianza de sí mismo.
 Los grandes maestros, las primeras espadas del mundo, han concedido siempre gran importancia á la posicion que debe tener el cuerpo en la batalla y para separarse de lo prescrito por ellos, preciso es ser lego en la materia ó tener el cerebro enfermo.
 Es no conocer las armas; carecer de los mas rudimentarios principios de una buena escuela.
 Un tirador mal colocado, previene en contra suya, inspira confianza, no impone por mas habilidad que tenga, esta siempre espuesto un descuido cualquiera es grave, para él la vertical no existe, aunque acometa bien, para descompuesto, se rehace mal.
 Los que conceden todo á la mano y nada al resto del cuerpo, parten de un principio falso; verdad que el brazo obra en algunos casos como agente completamente independiente; pero saliendo a herir, el movimiento de avance de la pierna, meditado, firme, con la vertical por eje del cuerpo concede aplomo, flexibilidad a la cintura, soltura y elasticidad al hombro y en una palabra, si se consigue alcanzar al contrario, la herida que se le produce es grave.

Por la inversa; si la posición es descuidada, si el movimiento de la pierna no corresponde al de la mano, casi siempre se llega tarde o no se llega: el cuerpo se mece, no hay aplomo, falta base: es necesario acudir a una parada para evitar un golpe en que el adversario mete un poco, hay que buscar la posición para asegurarse y trabajar sobre ella; se embrolla, pierde un tiempo, y en este ligero intervalo está hecha la herida.

Abandonarse en la posición es el primer defecto, origen de todos los demas que se notan con lastimosa frecuencia, aun entre aficionados de concepto; colocandose en guardia y tendiendose a fondo de cualquier manera, sin observar regla ni percepto alguno.

En el terreno las consecuencias de este abandono son casi siempre fatales.

Los bohemios del arte, los discípulos de aquellos espadachines alquilones que pasaban honradamente sus horas apaleando descuidados ó celebrando asaltos sobre tablados en las plazas públicas durante las ferias; rufianes para quienes la tasca y la colada (taberna y espada) eran los únicos elementos de vida; de los que todavía se ven algunos en Italia; diestros de pacotilla, cuyos retratos nos a dejado nuestro gran quevedo soberbiamente dibujados en sus festivas obras; son los detractores del arte en todas sus manifestaciones; inconscientes esgrimidores que nada enseñan porque nada saben.

    Estos parásitos de la destreza, fundadores de escuelas, inventores de guardias, de cortes y reveses alucinan al inexperto principiante que en su fantasía cree ver una maravillosa espada en lo que no es mas que una hoja muy sacudida.

    A medida que va desapareciendo el charlatanismo; se presenta el arte, sencillo, sumamente compendioso.

    Pocos golpes bien dirigidos, oportunos; destreza y serenidad.

    La firmeza y aplomo en la posición; las leyes dinámicas bien aplicadas, el hombro libre, la muñeca flexible, la mano segura y ágil; son las condiciones y agentes que concurren al éxito.

    Entendido lo precedente pasemos adelante.